miércoles, marzo 10, 2021

JUAN MIGUEL ZAPATER Y LA AGRICULTURA ECOLÓGICA

 

Conocí a Juan Miguel desde antes de verlo. Temido por muchos, seguido por algunos, Juan Miguel Zapater Rovira, docente del departamento de suelos y fertilizantes de la Universidad Nacional Agraria La Molina, era el abanderado de la agricultura ecológica. Luchaba a capa y espada contra "la docencia sucia", nombre con el que se conoce a los principales agroquímicos cuyo uso ha sido prohibido en la agricultura mundial. Él iba contra la corriente de la llamada "revolución ver-
de", que sostenía como una de sus ideas principales que los pesticidas solucionarían el problema ocasionado por las plagas en las cosechas.

Así, la pregunta en esos años era: ¿cuánto producir? Se buscaba maximizar la producción a cualquier costo, muchas veces en contra de la naturaleza misma.
Por esta razón sus detractores lo catalogaban de "loco", por ir contra las ideas de los demás. Fue una forma sutil de espantar a quienes podrían volverse sus seguidores.

 


Zapater era alto, de pelo cano, usaba lentes, que llevaba colgados mediante un cordel negro. Siempre lo recordaré con su fiel chompa guinda, en el laboratorio de suelos, en medio de papeles y libros que atesoraba desde estudiante. Era un profesor con carisma y si enseñar es estar siempre a órdenes de los alumnos, presto a contestar preguntas y sobre todo escuchar las discrepancias, Zapater era un docente de verdad.

 

Hace unos años a Zapater le ganó la batalla el cáncer, enfermedad contra la que siempre luchó desde el campo. El afirmaba que muchos de los agroquímicos de uso común y corriente en nuestra agricultura eran causantes del temible mal.

 

En estos días lo recordé al leer en los diarios que el ministro de Agricultura, Belisario de las Casas, anunció ante la Comisión de Ambiente, Ecología y Amazonía del Congreso el inicio de una campaña de información entre agricultores para evitar el uso de pesticidas y herbicidas prohibidos en el agro. La famosa "docencia sucia", ya no podrá ser utilizada indiscriminadamente en el Perú. Así las gran-
des trasnacionales ya no eludirán las leyes del país cambiando simplemente de nombre comercial a sus productos.

 

¿Pero cómo pueden producir cáncer estas sustancias? Después de leer “Primavera silenciosa” de Rachel Carson, libro de cabecera para los molineros "zapateristas", lo entendí: Zapater era tan didáctico al explicarlo que cualquier neófito en temas ecológicos podía captar el mensa- je. He allí la piedra angular de su trabajo. Lo tenían que entender los agricultores, porque ellos son los que aplican estos productos, muchas veces irresponsablemente.

 

Esto lo comprobamos en los cercanos valles de Cañete y Huaral. Allí ningún agricultor cumple con las recomendaciones estipuladas (uso de ropa adecuada, guantes, mascarillas, botas y demás) por
lo que son muchos los accidentes por intoxicación con pesticidas.

Los pesticidas al ser aplicados, por ejemplo, en una planta de tomate, actúan contra los insectos que la atacan y los insectos benéficos que pueden controlarlos, pero además una gran parte de esa sustancia se queda en la planta y los frutos. Nuestro tomate en cuestión, por ejemplo, quedaría con una cantidad insignificante de pesticida, tal vez no nos mate, pero al momento de consumirlo

esas sustancias 'nocivas son almacenadas en los cuerpos grasos que todos tenemos, y que no pueden ser metabolizadas por su naturaleza artificial. Esa cantidad ínfima, no nos va a matar, pero, ¿cuántos tomates comemos en un mes?, ¿en un año?, ¿toda la vida? Sumen y tendrán la cantidad suficiente para morirse en el acto. El peligro potencial está allí.

 

Zapater entendía que todos los seres. vivos, tanto insectos como el hombre, tienen los mismos ciclos metabólicos y si los plaguicidas matan insectos, pueden matar también a los humanos.

 

Cuando por causa de alguna enfermedad nuestro cuerpo recurre a las reservas grasas que ya están contaminadas entonces el cáncer encuentra el medio apropiado: sustancias nocivas y un cuerpo débil.
Por eso, Zapater decía que los pesticidas matan a la larga, de golpe, cuando nadie lo espera. ¿Será por eso que hoy en día el cáncer es una enfermedad casi común? La ciencia lo dirá.

 

Otro aspecto de su filosofía lo podía resumir en la idea "la mano que aprieta", que muestra en forma sencilla la vida de nuestros agricultores: "Un agricultor puede ser capturado por las grandes trasnacionales de los agroquímicos de la siguiente forma: Por el uso de las semillas mejoradas (primer
dedo), esos productos por ser manipulados genéticamente necesitan condiciones diferentes a las naturales, por lo que se deben usar pesticidas y fertilizantes sintéticos (segundo y tercer dedos), la gran
producción que se obtendrá necesitará de maquinaria y tecnología especial, (cuarto dedo) para cuya adquisición se necesitan préstamos y capital que se obtienen en los bancos (quinto dedo).

 

Así, el agricultor se encuentra atrapado. Una vez cogido por esta 'mano' es muy difícil que lo suelte, entrando en una espiral sin fin", explicaba.

 

Otra cuestión es el respeto del período de carencia, que es el tiempo mínimo en el que se puede aplicar el plaguicida antes de la cosecha. Muchos agricultores para evitar que su cosecha tenga menor
precio aplican días antes de recogerla del campo, así el producto va a los consumidores sin ningún daño producido por insectos, pero con residuos de pesticida que no pueden ser disueltos en el medio
ambiente en tan corto tiempo.

 

Un día Zapater se apareció con un burro para que sus alumnos aprendan a arar la tierra como se hacía en los tiempos sin tractor. "Sebastián" se llamaba el equino, de aproximadamente dos años, gris como cielo invernal de Lima y tan terco que casi nunca hizo una línea recta. A pesar del polvo y las piedras de Las Viñas de La Molina, todos aprendimos que la agricultura es difícil y sacrificada. Era un espectáculo ver al fiel "Sebastián" tirar con cinco molineros que trataban de guiarlo. No aramos mucho en el campo,
pero sí en el corazón. Ese es uno de los recuerdos que siempre llevo presente.

 

Otro día, Zapater nos llevó a Chancay para visitar una granja de lombricultura. Las lombrices elaboran en su tracto digestivo un fertilizante natural muy rico en nutrientes para las plantas y que no daña al suelo ni a la microfauna que en él habita. Para Zapater, el suelo era su principal preocupación, es un ente vivo, que nace y se desarrolla y si no lo cuidamos puede morir, provocando una desertificación, que afectará a la larga la producción agrícola, argumentaba.

 

Hoy quiero recordar a Juan Miguel Zapater así como siempre vivió, lleno de vitalidad, sonriente y afable con todos, pero polémico con sus detractores, y decirle donde esté, que sus ideas “locas" para algunos, triunfaron. El boom de los productos ecológicos que vemos todos los días en los supermercados es una muestra innegable. El tiempo, esa variable a veces dura e implacable, esta vez le dio la razón porque, aunque a algunos les duela, él ya tiene en la práctica muchos seguidores.

EL CURIOSO

 

En las familias siempre hay historias, cada una tiene la suya, esas que pasan de generación a generación, y que de tiempo en tiempo se cuenta en medio de una tertulia. Hoy en tiempos de cuarentena, recuerdo una de tantas, pero que desde pequeño me marco porque entendí hechos que viví luego.

Esta es la historia de un niño llamado Carlitos


Los hechos deben haberse desarrollado en la década de los años 1940 según he podido reconstruir con los datos orales que escuche. En esa época, en la zona de Surquillo en Lima -Perú pertenecía al distrito de Miraflores y recién estaba siendo poblada, allí vivía el hermano menor de mi abuela Carola, Antonio, hombre fornido de raza negra, quien como era usual en esos tiempos trabajaba en el ramo construcción. El junto a su esposa, a quien llamaba cariñosamente Peta vivían tranquilos en una casa grande y modesta con sus hijos: Marcela, Marcelo y Carlos.

Carlitos, el menor de todos, tenía unos 8 años de edad. Muchos lo recuerdan como el clásico buscador de aventuras, el trome del trompo y el juego de canicas. Su rutina era conocida, iba en la mañana a la escuela fiscal de la zona y regresaba en la tarde, dejaba sus libros y cuadernos, almorzaba y salía a jugar con los niños de zona, muchas veces con una honda para lanzar piedras a los pajarillos o jugar futbol en medio terrenos baldíos. Por lo que lo que me llegaron a contar, era un niño pícaro y divertido. A la hora que se ocultaba el Sol, Carlitos retornaba a casa para tomar su merienda y hacer sus tareas.

Pero un día, la rutina se rompió. Según recordó su madre, esa tarde Carlitos salió a jugar como siempre, luego de almorzar. Pero paso algo extraño, retorno muy temprano, lo vio entrar callado, sin el alboroto que lo caracterizaba, su madre le pregunto qué había pasado para que regrese antes de lo acostumbrado: “nada”, fue su lacónica respuesta, con la mirada gacha y en silencio se sentó a la mesa sin decir nada, ese día, Carlitos empezó a morir.

Los días siguientes confirmaron en silencio que algo había pasado, desde ese día Carlitos nunca más salió a jugar. Luego de la escuela, llegaba en silencio, almorzaba y se quedaba en casa haciendo sus tareas o jugando en el patio solo, pero el niño bullanguero y extrovertido no apareció jamás.

A la semana siguiente, mi abuela llego a su casa en sus acostumbradas visitas semanales, ya que vivía a unas 10 cuadras de su casa. Cuando llego, vio a Carlitos sentado en la sala con la mirada perdida y cuando se retiraron lo vieron echado en su cama volteado mirando la pared. Fue allí cuando mi abuela Carola dio la primera señal de alarma: “este chico tiene algo… ¿lo has llevado al médico?” Doña Peta le dijo que tal vez era algo que había comido y que pronto se le pasaría, pero no fue así.

Días después, llego de visita Anselmo, el mayor de los hermanos, y de nuevo le llamo la atención ver al inquieto niño que conocía, en cama y delgado. De Anselmo se decía en la familia que tenía lo que se llamaba “ojos de ver”, es decir, captaba lo que para una persona común y corriente sería un hecho trivial. “Oye Antonio, este chico está asustado” sentencio. “Llévalo a que lo vea un curioso (curandero)” fue la solución que recomendó.

Pero Antonio era de los que no creían en esas cosas, para el eran tonterías y además pensaba, ¿cómo se va a “asustar”, su hijo que como él era muy macho?

De un grito lo llamo y delante del Anselmo, Antonio le pregunto: Aquí tu tío dice que estas asustado, ¿que tienes?... “nada, papá” su única respuesta. Antonio cerro el tema, no creía en esas cosas.

Los días pasaron, y cada vez Carlitos iba perdiendo fuerzas, era como un cirio a la cual la llama se le extinguía de a pocos, dejo de comer y mientras el fin se acercaba, su madre ya no sabía qué hacer. Cada día era un suplicio ver como al benjamín de la familia la vida parecía que terminaría en cualquier momento.

Días después, ante la insistencia de su mujer, Antonio accedió a regañadientes que viniera don Nicolas, un curandero que una vecina lo había recomendado, así un martes en la tarde llego el “curioso” al hogar del niño. Fue doña Peta quien le abrió la puerta y con un nudo en la garganta lo llevo al cuarto donde dormía su hijo.

Don Nico abrió la puerta, ni paso el umbral, miro por unos segundos al niño en la cama con la mirada perdida, no hizo más. Cerro la puerta y sentencio: “lo siento, me llamaron muy tarde, la muerte esta a su costado, tal vez mañana se lo lleve, prepárense”.

Al día siguiente en la tarde, Carlos, el niño travieso y juguetón partió de este mundo en medio del dolor de su madre y un sentimiento de culpa de su padre quien nunca se recuperó de la pena.

¿Qué hubiera pasado si habría Antonio hacia caso al pedido de sus familiares? ¿su hijo seguiría con vida? ¿qué fue lo que paso para que el niño se asustara? ¿Existe el susto?

Hay muchas preguntas y pocas respuestas, lo que sí puedo asegurar es que desde niño cuando alguna vez yo me asuste con algo, mi abuelita me llevaba a un “curioso “como ella les llamaba. Creo que no se equivocó, hasta ahora sigo vivo.

¿Qué no es posible? Todo es posible en este mundo.

¿y tu amigo lector? ¿alguna vez te asustaste?

 

 

Las matemáticas y yo